De nadie se puede decir con plenitud cómo es, porque la realidad humana desborda de todas sus percepciones e interpretaciones; solamente la imaginación ayuda, cuando va acompañada de la efusión propia de la amistad, o el amor. Sin embargo, en condiciones afortunadas, se puede saber quién es otra persona, aunque ese saber no agote nunca su íntegra realidad: no la conocemos entera, pero ciertamente a ella misma.
A lo largo de tantos años, cerca de medio siglo, hay algo de lo que nunca he acabado de consolarme: no haber podido gozar del trato frecuente, acaso cotidiano, con mi amigo José Manuel Blecua. He vivido desde mi niñez habitualmente en Madrid. Blecua vivió muchos años en Zaragoza, luego en Barcelona. Nos hemos visto ocasionalmente en estas tres ciudades, alguna vez en Soria o en Columbus, Ohio. Es decir, de tarde en tarde; y hay que añadir que su sordera, cada vez más completa, ha sido siempre un obstáculo para la conversación. ¡Qué desastre! Porque Blecua ha nacido para ella, es un conversador ávido, inagotable, magistral. Por eso, entre otras cosas, es un genio de la amistad. Lo es tanto que esta condición emerge triunfante a pesar de todo: la ausencia, la distancia, la dificultad de la palabra.